Por MSc. Joel Rosales
La refundación del Estado hondureño no es un eslogan reciente, sino un proceso histórico que nace del choque entre una democracia tutelada por élites y poderes externos, y el anhelo de un pueblo decidido a recuperar su soberanía. Es un camino que se abrió con Mel Zelaya, se consolidó con Xiomara Castro y busca continuidad con Rixi Moncada, en un proyecto que coloca al pueblo como protagonista central.
El sociólogo Boaventura de Sousa Santos señala que las democracias latinoamericanas han vivido bajo “constituciones no escritas”, impuestas por élites que limitan la voluntad popular. Honduras es un ejemplo claro: décadas de poderes fácticos, corrupción y dependencia externa moldearon un Estado que funcionaba para pocos. La llegada de Zelaya rompió ese molde.
Mel Zelaya introdujo una visión que enfrentó privilegios anclados desde la Guerra Fría. Su apuesta por una participación más directa, por una economía más justa y por una política exterior soberana lo convirtió en un símbolo de dignidad nacional. El golpe de 2009 no fue solo contra un presidente: fue contra un proyecto social en construcción. Como diría el antropólogo Clifford Geertz, se atacó el “orden simbólico” de un pueblo que comenzaba a despertar.
Ese despertar nunca pudo ser apagado. La resistencia popular mantuvo viva la memoria colectiva y sembró una conciencia política nueva. Desde barrios, comunidades indígenas, sindicatos y juventudes, surgió una ciudadanía crítica capaz de leer el poder “desde abajo”, como plantea el sociólogo Pierre Bourdieu. Esa fuerza social es la que llevó a Xiomara Castro a la presidencia en 2021.
El triunfo de Xiomara marcó un parteaguas histórico. Por primera vez, una mujer asumió la conducción del país y lo hizo bajo la promesa de restaurar la soberanía quebrada por el golpe. Su mandato se inscribe en lo que Antonio Gramsci llamaría una “batalla por la hegemonía”, un intento de cambiar la forma en que se entiende el poder, la justicia y el bienestar colectivo.
La presidenta ha avanzado en desmontar estructuras de corrupción y en recuperar el rol del Estado como garante de derechos. Su lucha contra la captura institucional, la privatización extrema y la sumisión política demuestra que la refundación no es solo un cambio administrativo: es una transformación ética del ejercicio del poder. Requiere valentía, claridad histórica y respaldo popular.
En ese sentido, la continuidad se vuelve fundamental. Rixi Moncada representa una visión que no improvisa, sino que profundiza lo ya iniciado. Su compromiso con la justicia fiscal, la transparencia y la protección social está unido a una lectura clara del país. Su trayectoria muestra disciplina política y una comprensión técnica del Estado que pocos dirigentes poseen.
La antropóloga Rita Segato afirma que todo proyecto emancipador necesita liderazgos que entiendan las heridas históricas de su pueblo. Rixi ha hablado de esas heridas: la pobreza estructural, la exclusión de las mayorías, la injerencia extranjera y el saqueo normalizado. Su propuesta no nace de discursos vacíos, sino de diagnósticos reales construidos desde la experiencia y la investigación.
La democracia tutelada siempre buscó impedir que Honduras definiera su propio destino. Desde agencias externas hasta élites internas, muchos intentaron dictar qué modelo económico adoptar, qué alianzas mantener y qué reformas evitar. La refundación, por el contrario, se basa en lo que Frantz Fanon llamaría “descolonizar el horizonte político”, apropiarse de las decisiones que históricamente otros tomaron por nosotros.
Este proceso también es profundamente emocional. Implica sanar la frustración acumulada, creer nuevamente en la política y asumir que el país merece un futuro mejor. Cuando Xiomara habla de reconstrucción moral, o cuando Rixi enfatiza la dignidad de la niñez y juventud, están apelando a ese componente afectivo que sostiene toda comunidad política. Como diría Martha Nussbaum, las emociones también construyen ciudadanía.
Como un claro ejemplo, la propuesta de Rixi Moncada sobre la democratización de la economía apunta a desmontar un modelo que históricamente concentró la riqueza en pocas manos. Su planteamiento busca que el crecimiento no se quede en las élites, sino que llegue a las familias trabajadoras mediante empleo digno, acceso al crédito productivo y una tributación más justa. Esta visión coincide con lo que plantea Amartya Sen: el desarrollo real solo ocurre cuando las personas tienen capacidades y oportunidades reales para prosperar.
Rixi entiende que la refundación del Estado también pasa por transformar la estructura económica. Su plan propone impulsar sectores productivos locales, fortalecer la economía social y promover que los recursos del país no sean capturados por intermediarios o grupos externos. Esta apuesta dialoga con la idea de Karl Polanyi sobre “reinsertar la economía en la sociedad”, evitando que el mercado funcione por encima de las necesidades humanas. Democratizar la economía es, en esencia, devolverle al pueblo el control sobre su propio destino.
Pero refundar no significa borrar el pasado; significa reinterpretarlo. Zelaya abrió la puerta, la resistencia mantuvo viva la llama y Xiomara la convirtió en política de Estado. Ahora, la continuidad que representa Rixi Moncada apunta a profundizar ese proyecto, ampliarlo y defenderlo ante quienes buscan retroceder. La refundación es un trayecto, no un decreto.
La soberanía popular es el núcleo de todo este proceso. Implica que las decisiones se tomen en Honduras, para los hondureños y con participación pública. Implica que la política económica no dependa de intereses ajenos, que la justicia no responda a grupos privados y que la juventud tenga un rol protagónico. Implica, en suma, que el pueblo sea sujeto político y no espectador.
En un país marcado por pobreza y desigualdad, refundar el Estado es una tarea urgente. No para reemplazar símbolos, sino para reconstruir estructuras. No para cambiar nombres, sino para garantizar derechos. Y sobre todo, para que nunca más el poder se use contra el pueblo. Ese es el legado de Zelaya, la lucha de Xiomara y la promesa de continuidad que ofrece Rixi Moncada.
La refundación no está terminada. Pero nunca había estado tan cerca de hacerse realidad.




