Por Fausto Medina
La historia reciente de Honduras nos dice que el poder no se gana en las elecciones, sino en la guerra anterior por conquistar la mente del elector. Durante décadas, el bipartidismo le dio a sus medios corporativos un libreto político para manipular mentes y crear miedos, orientado a beneficiar siempre a los mismos. Ese artefacto generó un sentido común que naturalizó la corrupción y la desigualdad. Pero la experiencia del pueblo —abusos, miseria, manipulación— comenzó a refutar ese discurso. Cuando la vida ya no entra en el guion de las élites, como alerta García Linera, la hegemonía empieza a agrietarse.
Primero, el golpe de 2009 reveló la extensión de esa manipulación. Los principales periódicos del país lanzaron más de 400 noticias falsas para criminalizar la cuarta urna y sembrar el terror sobre una consulta democrática. Voces como Otto Reich y Roberto Carmona salieron en defensa de la ficción de “sucesión constitucional”. Esas portadas no dijeron: “Condenamos un golpe de Estado”. Dijeron: “Aprobamos un golpe de Estado”. Ahí quedó claro que los medios corporativos ya no eran prensa, sino propaganda del bipartidismo.
Luego vino la reelección ilegal de 2017. Mientras el país ardía en medio de protestas y muertos, los mismos medios que justificaron el golpe ahora celebraban la continuidad del régimen. Ocultaron el fraude, legitimaron la represión y defendieron una ilegalidad que benefició a quienes hoy se visten de defensores de la democracia en foros de televisión. Ese doble rasero no es casual: es el resultado de un engranaje mediático que durante décadas se dedicó a defender el statu quo del viejo régimen.
A ello se sumó el reciente intento del bipartidismo por buscar en Estados Unidos lo que no consiguió en las urnas: la legitimidad perdida. Sus medios corporativos promovieron la idea de una “preocupación internacional masiva”, cuando en realidad solo ocho congresistas —de una Cámara con 435 miembros— participaron en la reunión. Silenciaron, además, las palabras del congresista Joaquín Castro, quien recordó que Honduras tiene derecho a elegir gobiernos de izquierda o derecha sin injerencia externa. La gira fracasó, pero la prensa la vendió como triunfo para desprestigiar el proceso electoral, culpar a Libre y proteger los privilegios que temen perder.
Y en el caso Hermes dejó claro que esa complicidad tenía un precio político y moral. Documentos de UFERCO revelaron que entre 2014 y 2016 se desviaron fondos públicos a través de contratos falsos, empresas fantasmas y pagos directos a periodistas y medios para encubrir al gobierno y manipular la opinión pública. Detrás de la “publicidad institucional” se tejió una red de propaganda controlada desde Casa Presidencial. Bobbio alertaba que la democracia se pervierte cuando los controladores del poder se transforman en poder. Hermes confirmó esa descomposición estructural.
Y por eso, todo este manoseo terminó por matar a los medios corporativos. La población se dio cuenta de que muchos periodistas no defendían la verdad ni la democracia, sino su parte del botín estatal. Hoy esos mismos voceros censuran con indignación selectiva al gobierno de turno, pero el país ya los conoce. El pueblo se salió del guion en el momento en que dejó de creer en su historia. Esta ruptura cultural es irreversible: la autoridad simbólica del bipartidismo y sus medios ya no es lo que era. Su voz se apagó.
Al mismo tiempo, las redes sociales fueron un factor importante en este cambio. Democratizaron la información, abriendo espacios para que ciudadanos difundieran videos, denuncias y análisis que antes no tenían cabida. Lo que antes se grababa en secreto hoy se viraliza en segundos. Esta apertura informativa rompió el monopolio informativo que durante décadas había marcado “la verdad oficial”. Esa pluralidad no solo rompió el monopolio de la información, sino que le devolvió al pueblo la capacidad de leer el país con sus propios ojos. El país dejó de contarse desde arriba.
En este contexto emergente solo Rixi Moncada entendió el poder de estas nuevas formas de participación. Sus conversaciones con pescadores, estudiantes, trabajadores, mujeres, transportistas, comunidades no eran proselitismo, sino democracia en acción. Ante un bipartidismo que siempre predicó desde arriba, Rixi habló con la gente, no de la gente. Esa distinción es clave: no fue propaganda, fue construcción de comunidad política. Por eso resonó donde otros solo recitaron.
Ante este cambio, el poder ha reaccionado como era de esperar: redoblando la desinformación, intensificando los ataques y resucitando viejos temores. Chomsky lo llama “manufactura del consenso”: hacer que la mentira parezca sentido común. Pero esa máquina ya no está. El pueblo aprendió a medir, preguntar, sospechar. La caída de los medios no fue un accidente: fue la culminación de años de abusos, engaños y traiciones. La legitimidad perdida no se recupera con titulares.
Por eso la lucha ya no es sólo electoral: es una guerra por la realidad. El bipartidismo quiere hacerse pasar por “oposición ética”, pero su pasado reciente —golpe, fraude, corrupción, Hermes, relección ilegal— desmiente cada palabra. El pueblo, en cambio, es un agente político con derecho a decidir su propio destino. Esa nueva conciencia desafía la arquitectura simbólica del viejo orden. Como diría García Linera, cuando el sentido común cambia, el poder cambia.
Por fin Honduras puede tener un país donde la verdad no se venda, donde la prensa sea digna y la democracia no sea una farsa. El pueblo se liberó del libreto del miedo y la mentira; ahora escribe el suyo con gobernantes que lo escuchan y lo respetan. Es momento de defender esa conciencia, de alzar esa voz y de no permitir que los destructores del país se vistan de guardianes de la moral. La historia camina cuando el pueblo camina. Y esta vez, se movió.





