Por Moisés Santos
Recientemente en un programa de televisión de HCH en una entrevista[1] al actual alcalde de San Pedro Sula, “El Pollo”, atendiendo una entrevista realizada por el periodista Eduardo Maldonado le consulto sobre varios temas de la oposición. La respuesta del “Pollo” fue: “Don Eduardo la banda presidencial se está costurando y bordando, la de Rixi Moncada en Venezuela por Nicolas Maduro”. A lo que el periodista contesto: “Aquí yo le voy a decir algo, aquí la oposición es una mierda, No existe, esta con la cola entre las patas”.
Lo ocurrido en aquella entrevista no fue un exabrupto televisivo, sino el epitafio en vivo de una derecha torpe. Ese silencio del periodista que parecía dispuesto a tender una mano, pero terminó renunciando a esperar algo, exhibió en tiempo real la orfandad intelectual de la derecha hondureña. Huérfana de creatividad, incapaz de pensar el país más allá de sus narices. La derecha demostró que no pudo procesar la conflictividad nacional. No supo leer las tensiones que antecedieron al 28J ni pudo articular una agenda mínima de modernización democrática del sistema político que ella misma agotó. El golpe de Estado fue, más que una maniobra de fuerza, la confesión más elocuente de su decadencia.
¿Qué hay detrás de todo esto? Varias aristas, todas preocupantes. La primera es la obsesión casi infantil de la derecha local por convertir a Nicolás Maduro en el Cucu universal, como si ese recurso retórico, repetido hasta la náusea, pudiera suplir la ausencia de un proyecto propio. A falta de pensamiento, gritan “Maduro”; a falta de estrategia, invocan sanciones; a falta de hegemonía, buscan salvación en declaraciones de ciertos senadores estadounidenses por lo general de Miami.
Salvador, por su parte, habla a un país que ya no existe. Le habla a una audiencia televisiva que se evaporó. Se dirige a un electorado que él imagina cautivo frente al televisor, como si los jóvenes y los primeros votantes siguieran viendo “X-0” los domingos; ignorando que hoy la televisión abierta es apenas ruido de fondo y que la conversación pública se ha fragmentado en las redes sociales. Cree que está interpelando a un país que sigue atento a la farándula televisada, cuando en realidad navega un ecosistema donde la liquidez de los medios tradicionales ha sustituido el otrora monopolio narrativo, y donde las redes sociales son tan volátiles que ningún candidato puede construir identidad política si no entiende la sensibilidad inestable de la generación Z.
Esa generación no busca los discursos de la vieja élite, sino autenticidad, claridad y propósito. No se identifica con los liderazgos que crecieron en los noventa y los primeros años del 2000, porque proviene de un mundo saturado de información inmediata, precariedad emocional y ansiedad climática. Frente a ese nuevo electorado, la derecha hondureña aparece como un fósil.
En cambio, el Partido Nacional aparece como una fuerza que ya no compite por la Presidencia, sino por sobrevivir como bloque de poder. De ahí su narrativa anticomunista, dirigida no a conquistar mayorías, sino a movilizar al voto duro y garantizar la mayor cantidad posible de diputados que les permita conservar impunidad, bloquear reformas y sostener viejas redes de intereses. Es, en realidad, una estrategia de “sálvese quien pueda”, impulsada por dirigentes y diputados que enfrentan procesos judiciales o pérdidas inevitables, y que buscan resguardar cuotas mínimas de protección política. No hay horizonte estratégico, ni vocación de país: solo supervivencia.
Adicionalmente, arrastran, además, el peso muerto del “Fuera JOH”. Nunca se distanciaron del régimen, ni ética ni políticamente. No hubo una autocrítica mínima, no renovaron cuadros, no depuraron responsabilidades, no se permitieron la catarsis que toda derecha moderna necesita para renacer.
La derecha ralentiza su decaimiento
A LIBRE le tomó años consolidarse como un partido serio, capaz de articular el descontento social generado desde el golpe de 2009, construir alianzas amplias, interpretar y aprovechar coyunturas, y proyectar un horizonte político alternativo. Este proceso no fue espontáneo ni lineal; implicó trabajo orgánico sostenido, construcción territorial y sedimentación de una identidad política que conectó con sectores amplios, representando una acumulación real de fuerza social y política que permitió al partido establecer bases sólidas frente a desafíos internos y externos.
La resistencia frente a un fraude electoral o la capacidad de revertirlo depende del músculo orgánico de un partido. Organizaciones débiles, fragmentadas o desconectadas de su base social carecen de capacidad para enfrentar manipulaciones, mientras partidos con cohesión estratégica y tejido territorial sólido pueden incidir decisivamente en la correlación de fuerzas. LIBRE, pese a sus contradicciones, demostró poseer esa capacidad acumulada, mostrando que la solidez institucional y la consolidación de su base social son determinantes frente a ataques externos o riesgos electorales.
No obstante, LIBRE atraviesa una transición aún inconclusa. Llegar al gobierno no significa que la refundación esté consumada, pues enfrenta embates constantes, disputas internas y campañas de deslegitimación. La continuidad del proceso requiere superar esta prueba de fuego, manteniendo coherencia mínima, gobernabilidad y estrategia clara frente a ciclos políticos cortos y ruidos externos. En paralelo, la derecha hondureña enfrenta un desafío similar. Así como a LIBRE le costó construir un proyecto serio y duradero, la derecha, si pretende regresar al poder, deberá emprender un proceso equivalente de autocrítica y reconstrucción. Renovar cuadros, desprenderse de prácticas autoritarias, romper con tutelajes externos y consolidar una base social e institucional sólida es indispensable. Como señala Victor Meza en “El derecho a una nueva derecha”, Honduras tiene derecho a una derecha adecentada, capaz de articularse desde la inteligencia orgánica y no solo desde intereses parciales, y para lograrlo deberá, tocar fondo y reconstruirse desde sus propias estructuras, pero mas parece que estamos ante una derecha política que niega su propia decadencia, pretendiendo ganar contiendas a costa de los lobista externos, lo cual no solo prolonga su caída sino que su propia capacidad para resignificarse.
[1] https://www.youtube.com/shorts/EDwx_Awqnqw





