Por Galel Briceño Cerrato

Honduras vive una disputa que no se reduce al voto: es una batalla entre la colonialidad del poder y la emancipación del pensamiento. Salvador Nasralla encarna la forma contemporánea del colonizado que, creyéndose libre, reproduce las lógicas del amo. No es solo un aspirante presidencial; es un ventrílocuo del poder colonial, una figura fabricada por la oligarquía y movida por las manos del imperio.

Nasralla representa a las clases dominantes que concentran la riqueza y buscan recuperar el control del Estado para seguir utilizándolo como máquina de privilegios. No hay independencia posible en quien se postra ante Washington, con congresistas de derecha para pedir legitimidad. Su cierre de campaña no fue en los barrios, ni zonas populares de Honduras, sino en el altar del imperio que históricamente ha intervenido América Latina y, en particular, sobre nosotros.

La sumisión colonial se disfraza de modernidad. Pero cuando Nasralla ruega ser “el elegido” del poder extranjero, confirma su condición de sujeto colonizado del pensamiento: repite los guiones del Norte sin comprender las necesidades del Sur global. Su discurso se alimenta del desprecio a la autonomía, del deseo de ser aceptado por quienes nos han subyugado durante décadas.

El imperio al que tanto alaba, ha construido cárceles para migrantes y jaulas para nuestros niños. Ese mismo imperio ha humillado a nuestros compatriotas, separando familias, golpeándoles y destruyendo todos sus sueños. Por eso, indigna ver a un político hondureño rogar asfixiado por su intervención. Entre más enjaulado esté su cerebro colonizado, menos le importará que se repitan estas historias de dolor.

El narcisismo y la megalomanía de Nasralla no son rasgos individuales: son síntomas de una clase enferma y voraz. Expresan la misma soberbia con la que las fracciones dominantes han despreciado al pueblo. Así como despreció y tiró con visceral rechazo la mano del simpatizante que quiso saludarlo, diciéndole “vos no sos mi amigo”, así despreciaría la dignidad de Honduras, entregándola al capital y al mandato extranjero.

Tras dedicarme al área académica, considero que existe una basta cantidad de producción en teoría política y demás temas relacionados, pero no se necesita mucho paradigma dominante, ni teorías para comprender el fenómeno. Basta con mirar la historia del bipartidismo: un sistema que ha mantenido al país en servidumbre. Desde 1891, el Partido Liberal ha gobernado en once ocasiones y el Partido Nacional en nueve —si sumamos los períodos militares—. Ambos han dejado un saldo común: pobreza, exclusión, dependencia y muerte.

Y no solo lo digo yo en esta nota, lo dice la historia. Y se los dice el presente como historia acumulada, cuando les estalla en la cara las estadísticas de preferencia por Rixi. La alternancia entre liberales y cachurecos, solo ha reproducido el círculo de subordinación al capital internacional. Cada crisis económica, cada privatización, cada saqueo, lleva la firma de esas dos estructuras que hoy, disfrazadas de nuevas alianzas, pretenden volver al poder como si el pueblo no recordara.

Rixi Moncada y el horizonte cada vez más cercano de la soberanía popular

La emancipación de las grandes masas, representadas en el voto

En contraste, la candidatura de Rixi Moncada, representa un proyecto de soberanía, dignidad y justicia. Su campaña no se construye desde las alturas del poder económico, sino desde el contacto directo con la gente. Mientras Nasralla implora al imperio, Rixi camina los territorios de todo el país, escuchando a los trabajadores, a las comunidades y a las mujeres que sostienen la vida cotidiana.

El pueblo ha respondido con una marea humana que llena departamentos y espacios públicos. No es casualidad: las encuestas y las tendencias muestran que Libre es el partido que más ha crecido. Lo que se expresa en las giras de Rixi es una pedagogía política de la esperanza: es el pueblo reconociéndose en una dirigencia que –que por fin— no lo mira con desprecio.

Los trabajadores, campesinos, obreros, estudiantes,  maestras –por nombrar algunos grandes sectores populares— han reconocido que este proyecto político no les habla desde arriba, sino desde adentro. Libre no ofrece caridad: ofrece representación, memoria y soberanía. Por eso la derecha –sabiéndose derrotada, charlatana, desactualizada y burda— teme y desprecia esa fuerza popular que ya no se contenta con promesas ni discursos moralistas.

Cada vez que Rixi toma la palabra, resuena la voz de una Honduras cansada de obedecer y dispuesta a decidir. Esa voz popular no se deja encantar por los ventrílocuos del poder colonial, ni por los empresarios que creen que el país es su hacienda –su fantaseada ZEDE— o su isla privada. Esa voz afirma con claridad: la patria no se vende, se defiende.

La diferencia entre ambos proyectos no es solo ideológica, es emancipatoria de clases subalternas por fin posicionándose con dignidad. Entre ellos, uno sueña con agradar al amo extranjero; el otro busca caminar con el pueblo. Uno simboliza la prolongación de la dependencia; el otro, la posibilidad de una nación soberana. Esa es la verdadera disyuntiva que enfrentamos –a unos pocos días—en las urnas.

Rixi Moncada no promete milagros, promete continuidad en la dignidad: un gobierno que respete la soberanía nacional, que abrace a sus migrantes y no los entregue a los verdugos del norte. Su propuesta es un acto de reparación histórica ante siglos de sometimiento. Y eso, en Honduras, ya es un gran cambio.

En esta contienda hay tres candidaturas, pero solo una representa un proyecto de país. Dos son los rostros gastados del pasado, y una es la mano firme –sin soltarla con desprecio—que te mira a los ojos y te dice: “estamos juntos en esto, sin miedo y sin amos”. Esa mano es la de Rixi Moncada, y esa voz —la del pueblo— es la que puede romper por fin la jaula del pensamiento colonizado.

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