Por Moisés Santos

Honduras entra al tramo final del ciclo electoral del 30 de noviembre con un signo claro: la crisis del relato hegemónico burgués. Los grupos de poder, antes seguros de definir la conversación pública, hoy apenas administran su declive discursivo, negando su propio desgaste para no enfrentar el vacío estratégico que han construido con décadas de cinismo, corrupción y promesas fallidas. La victoria popular que se avizora no surge del azar, sino de la apertura histórica que deja su progresiva pérdida de legitimidad.

La fuerza de la Refundación no radica únicamente en el agotamiento del viejo orden, sino en la construcción de un horizonte alternativo capaz de movilizar no solo una maquinaria electoral sino también conciencias.  Mientras la élite repite guiones oxidados, hablándole solo a su electorado duro para intentar mantener cuotas legislativas, el campo popular ha logrado articular una propuesta nacional con capacidad de imaginario nacional. Allí radica la victoria popular: en la superación histórica de un bloque hegemónico burgués que presenta serias dificultades para convencer.

Al partido Libertad y Refundación LIBRE le tomó más de una década consolidarse como un partido serio, sedimentar una identidad política robusta y construir tejido territorial donde antes solo había dispersión. Desde el golpe de 2009 se gestó una acumulación orgánica que ningún artificio mediático logró desmontar. Ese proceso, lejos de ser espontáneo, requirió organización, alianzas amplias y una lectura fina del momento político y el aprovechamiento de coyunturas. Fue esa solidez y no la improvisación lo que permitió resistir fraudes mas no revertirlos.  

La experiencia histórica latinoamericana demuestra que la capacidad de resistir un fraude depende del músculo orgánico acumulado. Así como el MAS[1] en Bolivia logró revertir el golpe contra Evo Morales y enfrentar judicialmente a Añez gracias a su cohesión interna, estructura territorial y base social movilizada, LIBRE, pese a sus contradicciones internas, ha ido consolidando institucionalidad, militancia arraigada y base social politizada. Estos elementos son esenciales para resistir ataques, sabotajes y campañas de deslegitimación en ciclos electorales altamente volátiles y sentar las bases para disputar efectivamente el poder.

Pero la Refundación también vive una transición inconclusa. Llegar al gobierno no significa garantizar la continuidad del proceso histórico; significa apenas entrar en la etapa más vulnerable. Entre embates externos, disputas internas y campañas sistemáticas de demolición simbólica, LIBRE debe mantener gobernabilidad mínima y claridad estratégica. Solo cuando logre sostener el proyecto más allá del desgaste cotidiano y consolidar una arquitectura política que sobreviva al ciclo electoral podrá hablarse de una transición plenamente consumada. Esa es la verdadera prueba de fuego que enfrenta Partido en 2025.

En septiembre, la visita de Agustín Laje[2] amparada por iglesias evangélicas y sectores ultraconservadores intentó imponer un marco de miedo: Honduras supuestamente caería en la órbita “castro-chavista” si ganaba LIBRE; ganaría la Agenda “woke” sería una conspiración antihomilía; la familia estaría “amenazada” por la izquierda global. El foro en la iglesia “Vida Abundante” buscó construir pánico moral como estrategia electoral. Pero el relato no cuajo. Nunca atravesó el muro más allá del electorado ya convencido.

Lo que sí ocurrió fue otra cosa: el fracaso completo de la derecha en imponer su (agenda setting) Mientras intentaron inundar la conversación con “woke”, “ideología de género” y fantasmas geopolíticos, fue LIBRE quien logró fijar los temas del debate público. La eliminación de la Central de Riesgo, por ejemplo, desplazó todo intento conservador de manipular emociones, porque conectó con necesidades reales y materiales de la población. La estrategia de la Refundación fue clara: no entrar al juego de la histeria importada, sino disputar el sentido común desde la vida cotidiana y las soluciones concretas.

Ese contraste explica por qué la élite hondureña enfrenta un desgaste que ya no puede ocultar. No es solo que su discurso esté agotado: es que ha perdido la capacidad de generar consenso, producir legitimidad y poseer imaginarios posibles. La derecha ralentiza su decadencia con ruido mediático y alarmas morales, pero no logra detenerla. Y mientras ellos niegan su propia debilidad, el campo popular se fortalece. Así como a LIBRE le tomó más de una década construir un proyecto con raíces sociales, la derecha deberá pasar por un proceso equivalente si desea regresar al poder: renovación real, autocrítica y ruptura con su lastre histórico. Nada indica que estén dispuestos.

Por eso el ciclo que se avecina no es únicamente electoral: es profundamente histórico. La victoria popular se alimenta tanto de la propuesta refundacional como del derrumbe simbólico del viejo orden[3]. No se trata solo de ganar una elección, sino de consolidar un sentido común alternativo que ya está emergiendo desde abajo. Si el bloque popular mantiene la iniciativa, expande su capacidad organizativa y sostiene un horizonte de país más allá de los ruidos, la Refundación no solo ganará en las urnas: transformará la gramática política del país.

Quizá, en el mediano plazo, la derecha hondureña busque una “reserva moral”: un “presidenciable sin partido”, capaz de corregir los excesos y retrasos de la propia derecha, o de canalizar su frustración acumulada. En la imaginación colectiva, ese rol lo ocupó potencialmente Julieta Castellanos[4], quien desde la UNAH proyectaba un aura de racionalidad, orden y autoridad ética, percibida como una figura capaz de equilibrar la política y restaurar legitimidad institucional frente a los déficits del escenario partidario tradicional. Sin embargo, su proyección se derrumbó por cuestionamientos a su gestión como rectora.


[1] https://www.nuso.org/articulo/la-redencion-del-mas-y-el-mal-momento-de-la-oposicion-en-bolivia/

[2] https://www.instagram.com/reel/DOJw9DPkl3M/?hl=es

[3] El derrumbe del viejo orden es una de las primeras tareas de la “Etapa 1” de la Refundación liderado por el “Plan Bicentenario” de la presidenta Xiomara Castro.

[4] Julieta Castellanos, exrectora de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras, gozó durante su primera gestión de un alto reconocimiento social. Su prestigio y legitimidad la proyectaron como un posible perfil presidenciable, ya fuera dentro o fuera del bipartidismo, pero siempre en el marco de una visión de derecha, apreciada por sectores que buscaban una figura de autoridad ética y capaz de liderar el país. Sin embargo, esa percepción se vio erosionada durante los ciclos de protestas, movilizaciones y la persecución contra el Movimiento Estudiantil Universitario (MEU), que afectaron su imagen y debilitó su proyección política.

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