Por Joel Rosales
El bipartidismo en Honduras ha sido históricamente un terreno fértil para repetir viejas mañas políticas. Aunque el discurso se renueva cada cuatro años, las prácticas siguen siendo esencialmente las mismas: control institucional, manipulación electoral y una cultura política que normaliza el abuso.
Los antecedentes de fraude electoral en el país no son rumores ni exageraciones. Son episodios documentados que muestran cómo los partidos tradicionales han perfeccionado técnicas de manipulación para sostener su poder, incluso cuando la ciudadanía exige cambios reales.
Uno de los patrones más evidentes es la captura de las instituciones encargadas del proceso electoral. Cuando el árbitro depende de los jugadores, la transparencia se convierte en un lujo imposible. Esta relación perversa ha alimentado la desconfianza ciudadana por décadas.
A esto se suma la vieja táctica del clientelismo, que funciona como un engranaje silencioso pero efectivo. En contextos de pobreza, la promesa de un beneficio inmediato suele imponerse sobre la reflexión política, lo que permite que las élites mantengan su influencia sin necesidad de propuestas sólidas.
También persiste la manipulación del conteo de votos, una práctica que ha dejado cicatrices profundas en la memoria colectiva. Las denuncias de actas alteradas, caídas del sistema y resultados incongruentes no son simple coincidencia, sino parte de una estructura diseñada para favorecer a quienes ya están en el poder.
Cada ciclo electoral parece una repetición del pasado. Aunque se introduzcan reformas o nuevas tecnologías, las mismas manos controlan los hilos. Cambian los discursos, cambian los candidatos, pero la lógica del hurto político permanece intacta.
El bipartidismo ha sido hábil para presentarse como símbolo de estabilidad, cuando en realidad ha sido un mecanismo de reproducción de privilegios. Bajo la apariencia de orden, se ocultan décadas de prácticas antidemocráticas que limitan la participación real.
En este escenario, la ciudadanía sigue luchando por recuperar la confianza. Cada fraude denunciado, cada irregularidad detectada, va erosionando la legitimidad del sistema político y alimenta la sensación de que el voto tiene poco efecto sobre las decisiones de quienes gobiernan.
Sin embargo, también es cierto que la población está más informada y vigilante. Las redes sociales, los observatorios independientes y la presión internacional han reducido el margen de maniobra para las prácticas descaradas, aunque no las han eliminado por completo.
El desafío actual es romper con la normalización del fraude y exigir instituciones verdaderamente independientes. Sin árbitros confiables, no hay democracia posible, y sin democracia, el bipartidismo seguirá reciclando sus viejas artes del hurto.
La transición hacia un sistema político más plural requiere compromiso ciudadano, reformas profundas y, sobre todo, voluntad política de quienes hoy se benefician del modelo. No será fácil, pero es indispensable para evitar otra década de repeticiones desgastantes.
La historia reciente demuestra que el cambio no vendrá desde quienes han perfeccionado estas prácticas, sino desde una ciudadanía que se niega a aceptar el fraude como parte inevitable del juego político. De allí surge el grito popular que retumba en calles y redes: “No volverán”, un recordatorio de que la memoria colectiva ya no está dispuesta a olvidar.
Ese clamor ciudadano resume el hartazgo y la firme decisión de no permitir que las viejas estructuras recuperen el control. Es un mensaje directo a quienes durante años manipularon el destino del país: no habrá regreso al pasado.
Romper con estos patrones es responsabilidad colectiva. Mientras permitamos que el bipartidismo controle el tablero, los resultados seguirán siendo los mismos. Pero si la ciudadanía continúa desnudando estas prácticas, el sistema tendrá que transformarse.
El futuro político del país depende de dejar atrás las viejas artes del hurto y construir nuevas reglas basadas en transparencia, participación y justicia. Solo así podremos romper el ciclo de fraude y abrir paso a una democracia más auténtica.




