Por Galel Briceño Cerrato
La defensa del voto popular en Honduras, exige reconocer que la injerencia contemporánea –de los grupos neoconservadores locales y del imperio— además de incidir en las instituciones electorales, pretende operar en la conciencia del pueblo. La potencia estadounidense, fiel a sus lógicas históricas, pretende mantener su control imperial para beneficio del capital transnacional y control geopolítico sobre Honduras y la región, orientando qué decisiones políticas son tolerables y cuáles representan una amenaza a su órbita de influencia.
Aníbal Quijano, advirtió que la colonialidad del poder, define lo posible para los pueblos sometidos a jerarquías globales. Cuando voces de Estados Unidos condicionan el reconocimiento de un resultado electoral, buscan imponer un marco mental donde la soberanía hondureña debe ajustarse al deseo del capital internacional, no a la voluntad popular realmente existente en el país.
Por otro lado, Enrique Dussel, profundizó en la idea de que la dominación opera también en la subjetividad, restringiendo la capacidad de los pueblos para imaginar caminos propios. Cuando la ciudadanía es inducida a creer que el voto legítimo es sólo aquel que complace al poder imperial, se limita su autonomía histórica y se reproduce la dependencia económica y política.
La oligarquía hondureña, asume su papel tradicional de mediadora del imperio. Desde sus medios corporativos magnifica sospechas, instala alertas infundadas y proyecta crisis ficticias. Su objetivo no es defender la democracia, sino preservar el orden económico que los favorece, alineado con las necesidades del capital externo y su visión de estabilidad.
El discurso del “Plan Venezuela” es una operación emocional que no describe la realidad hondureña. Se utiliza para demonizar cualquier proyecto popular que amenace los intereses de las clases dominantes y las cadenas de inversión global. Este miedo fabricado busca dirigir el voto hacia un orden conservador, funcional a los dictados del capital internacional.
En este clima, defender el voto es resistir la manipulación psicológica que intenta restringir el rango de opciones políticas consideradas “aceptables”. El imperialismo actual no necesita intervenir directamente: le basta influir en la percepción colectiva, moldeando atmósferas donde los proyectos populares son presentados como riesgosos para la inversión.
La primera defensa democrática es la lucidez. Y el pueblo hondureño ha mostrado verla con claridad. Reconoce los patrones de intervención simbólica, identifica el guión repetido entre actores externos y sus socios locales, y entiende que la defensa de su voto es también la defensa de su derecho a decidir frente al capital que pretende disciplinarlo.
II. La oligarquía neoconservadora y su pretensión de estupidez organizada y ceguera colectiva
Bonhoeffer y Saramago, como advertencia de defensa democrática de un pueblo organizado
En filósofo Dietrich Bonhoeffer –a quién el régimen dictatorial nazi encerró en la cárcel— conceptualizó la estupidez como un fenómeno político organizado por estructuras dominantes. En Honduras, ciertos grupos neoconservadores reproducen esa “estupidez organizada” saturando el espacio público con mensajes prefabricados que impiden el pensamiento crítico. No buscan informar: buscan producir obediencia a los intereses que representan.
Esto no supone que el pueblo sea estúpido; asume lo contrario. Por eso estos grupos fabrican un entorno emocional diseñado para bloquear su lucidez natural. Los medios corporativos alineados al bipartidismo privilegian la confusión antes que el análisis, generando ruido constante que pretende debilitar el criterio político de la ciudadanía.
Saramago, en su Ensayo sobre la ceguera, mostró cómo la ceguera colectiva puede ser inducida. Hoy, esa ceguera mediática se expresa en encuestas manipuladas que presentan como ganadores a candidatos conservadores sin respaldo real. Es un intento deliberado de distorsionar la percepción pública y fabricar una narrativa separada de los hechos.
Las encuestas mediatizadas buscan instalar la idea de que la oposición conservadora lidera la intención de voto, cuando la realidad indica lo contrario. Rixi Moncada, candidata de Libre, encabeza ampliamente las preferencias, y las elecciones primarias demostraron el crecimiento exponencial del partido, superando con amplitud al bipartidismo tradicional.
Este uso de encuestas falsas forma parte del mismo dispositivo de ceguera inducida: fabricar la percepción de que la voluntad popular ya está inclinada hacia un sector, para desmovilizar a quienes saben que representan una mayoría real. Es una estrategia que intenta debilitar la confianza del pueblo en su propia fuerza electoral.
La ciudadanía, sin embargo, no es ciega; ha desmontado demasiadas maniobras como para caer en esta nueva puesta en escena. Su memoria política reconoce el patrón y entiende que estas encuestas fabricadas buscan desmoralizar, fragmentar y frenar el impulso transformador que hoy la mayoría encarna. Por eso la defensa de la voluntad popular comienza antes de las urnas: desmontando mentiras, cuestionando narrativas y afirmando que la legitimidad del voto nace del pueblo, no de los medios aliados al viejo orden de más de doscientos años.
Pero la defensa de la voluntad popular no termina ahí: continúa durante las elecciones, cuando la ciudadanía vigila, participa, acompaña y protege su derecho a decidir sin tutelas ni intimidaciones; y se prolonga después, cuando el pueblo exige que su decisión sea respetada frente a intentos de narrar otro resultado desde los centros de poder mediático y geopolítico. Defender el voto es defender el futuro: afirmar que Honduras será guiada por la claridad y la convicción de su gente, no por la ceguera fabricada de quienes temen su soberanía.




