Por Fausto Medina
Honduras vive un momento decisivo. El bipartidismo que ha dominado las últimas décadas intenta frenar la voluntad del pueblo antes de llegar a las urnas. Como explica Eugenio Sosa[1], el país funcionó durante años bajo una “democracia precaria pero estable, sostenida por un pacto de dominación entre élites”. Ese pacto permitió administrar el proceso electoral para proteger privilegios. Hoy, ante el riesgo de perder ese control histórico, esas élites reactivan mecanismos conocidos de manipulación y fraude para contener el avance democrático.
El caos del 9 de marzo no puede explicarse como un simple error operativo. Aunque la licitación exigía camiones para trasladar el material electoral, aparecieron buses estacionados durante horas, bloqueando la apertura de numerosos centros en Tegucigalpa y San Pedro Sula. Como señaló la presidenta del CNE, Cossette López, “las maletas estaban completas, pero no eran entregadas”. Esto revela prácticas destinadas a sembrar incertidumbre, fracturar la confianza del pueblo y fortalecer narrativas como el llamado “Plan Venezuela”, usadas para deslegitimar el proceso electoral. En consecuencia, como afirmó el consejero electoral Marlon Ochoa, la crisis no se originó en el CNE, sino en estructuras internas heredadas del viejo régimen. Los retrasos inducidos, las rutas detenidas y las irregularidades en la contratación del transporte evidencian redes instaladas para manipular la logística electoral. Aun así, la responsabilidad pública recayó únicamente sobre Libre, mientras el bipartidismo evitó asumir culpa. Esa ofensiva fue amplificada por los medios corporativos, que reforzaron el llamado “Plan Venezuela”, un guion fabricado históricamente para sembrar miedo ante cualquier expresión de soberanía popular en América Latina y replicado fielmente por las clases dominantes hondureñas.
Además de lo anterior, el debate ha sido moldeado por dos narrativas diseñadas para proteger al bipartidismo. Una afirma que, si pierden, el CNE ocultará resultados; la otra sostiene que, si gana Libre, será por fraude. Estas narrativas funcionan como herramientas para moldear el sentido común y promover desconfianza. Desde la política crítica, son insumos para construir una crisis postelectoral. Su objetivo es claro: sembrar miedo y odio porque ya no pueden controlar al pueblo. Ese miedo explica la conspiración actual.
A esta conspiración se suma el deterioro deliberado del sistema electoral que el bipartidismo dejó y ahora pretende presentar como defensor de la “democracia”. Durante las primarias se registraron miles de actas con irregularidades, mostrando un sistema de conteo diseñado para confundir, no para transparentar. No son fallas aisladas: son expresiones de un orden que impide que el poder cambie de manos. Y las élites bipartidistas, temiendo perder privilegios, han convertido el proceso en un campo de sabotaje, al extremo de que Salvador Nasralla llegó a advertir sobre “buques en el Caribe”, instalando temor sin fundamento.
Frente a este panorama, todos sabemos que el problema no es técnico, sino profundamente político. La crisis del 9 de marzo mostró cómo siguen operando redes bipartidistas que nunca aceptaron perder el control del país. Detrás de sus ataques está el miedo a que terminen los privilegios que los sostienen, especialmente las exoneraciones millonarias que los enriquecen mientras empobrecen al pueblo, por eso buscan entorpecer el proceso: porque temen a un pueblo dispuesto a defender su derecho a elegir sin tutelas ni amenazas.
En este contexto, lo que está en juego no es solo una elección, sino quién define el rumbo del país. Las redes bipartidistas saben que, si el pueblo decide sin interferencias, su viejo orden se desmorona; por eso buscan instalar miedo, odio y confusión antes de contar un solo voto, pero hoy la militancia de Libre está más consciente, más alerta y menos dispuesta a dejarse engañar, decidida a enfrentar esta conspiración que busca un golpe electoral contra la voluntad del pueblo.
La estrategia del bipartidismo se sostiene porque durante décadas acostumbraron al país a creer que nada podía cambiar, pero hoy esa narrativa empieza a fracturarse, el pueblo debe identificar al verdadero adversario e informarse para que la manipulación pierda fuerza. Cada día, los medios corporativos promueven discursos que buscan confundir y desgastar la conciencia colectiva. Nada es casualidad: son herramientas para proteger a un bipartidismo corrupto que desea instalar una dictadura económica e impedir que la gente decida con claridad su futuro político.
En estas circunstancias, defender el proceso electoral significa defender al país. No se trata solo de vigilar actas o cuestionar retrasos, sino de enfrentar un modelo que se acostumbró a decidir por el pueblo sin consultarlo. Las redes bipartidistas intentan frenar cualquier cambio porque saben que, si el pueblo vota libremente, su estructura de privilegios se derrumba.
Honduras enfrenta un momento que definirá su rumbo histórico. El bipartidismo pretende sembrar caos para justificar su retorno, pero el pueblo ya no es el mismo; hoy existe más conciencia, más organización y más claridad sobre quién ha sostenido este país y quién ha intentado secuestrarlo. Frente a la conspiración que intenta robarnos antes de votar, la respuesta debe ser firme: participación, vigilancia y unidad, cuando el pueblo se reconoce como protagonista, ningún poder logra imponerse y respetar esa voluntad.
[1] https://minotahn.com/bipartidismo-en-honduras-opera-siempre-bajo-influencia-de-ee-uu-asegura-sociologo/




